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  Autor: Anonimo
  Fecha: 2003-11-11
  Lecturas: 2689
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Relatos porno - Infidelidades

 
   
 
Relato: Mi cuñada Raquel

Mi cuñada Raquel

Vinieron más encuentros después de aquel primero en el garaje de casa, tras la maravillosa e inesperada masturbación telefónica que me había regalado mi cuñada Raquel.

Al principio nuestros encuentros fueron breves y muy espaciados en el tiempo. Raquel y yo no hallábamos la forma ni el momento de quedarnos a solas para recuperar el tiempo perdido y mitigar la pasión que se había encendido entre nosotros. No nos cansábamos de hacer el amor, de probar posturas y de acceder a los deseos del otro. En a penas dos meses de encuentros furtivos, mi cuñada me había hecho más mamadas que mi mujer en más de 15 años. Lo mismo ocurría con el sexo anal. Raquel no sólo se dejaba hacer por detrás sino que disfrutaba como una posesa. Eso era lo que más me atraía de ella. Mas allá de haber satisfecho con ella mis fantasías más antiguas, Raquel me había conquistado con su fogosidad y entrega en lo que al sexo se refería.


Por supuesto, mi relación sexual con Aurora, mi mujer, se estaba resintiendo. No porque mis ganas hacerlo con ella hubieran disminuido. Al contrario, me ponía muy caliente el morbo de estar haciéndolo de forma simultánea con las dos hermanas, comprobar cuán diferentes eran en sus reacciones más íntimas a pesar de ser gemelas. Pero lo cierto es que el cansancio, el estrés de andar todo el tiempo ocultando mis sentimientos y buscando excusas para mis furtivos encuentros, me estaba provocando un incipiente e inoportuno sentimiento de culpa que me hacía cuestionar la conveniencia de continuar con aquella aventura.


Por fortuna, mi cuñadita halló remedio para ese mal también. En lugar de espaciar los contactos, de ir enfriando la relación, Raquel hizo que nuestros encuentros fueran cada vez más atrevidos. Nos citábamos en parques públicos y nos revolcábamos por la hierba, abrazándonos, besándonos y metiéndonos mano como dos adolescentes. Nos complacíamos mutuamente en las butacas de los cines.


Ella tenía planeada una coartada casi perfecta para el supuesto de ser sorprendidos juntos por algún conocido: se haría pasar por su hermana. No eran gemelas idénticas pero tenían el suficiente parecido físico como para no ser percibida la impostura por la mayoría de nuestros conocidos. El problema surgiría si quien nos veía era alguien de la familia o nuestros propios cónyuges. En cualquier caso, ese peligro real de ser pillados in fraganti hacía nuestra aventura mucho más interesante.


Una vez, en lo que para mí supuso la mayor locura que había hecho jamás. Nos dirigíamos al piso de una amiga suya, divorciada, que utilizábamos a veces en nuestros encuentros. Ocupábamos un vagón en el que sólo había una pareja joven de enamorados que no cesaban de abrazarse y besarse y un anciano que leía un periódico sentado en uno de los extremos del vagón. Raquel y yo ocupábamos un banco en el otro extremo. Ella estaba muy caliente – casi como siempre-. No podía esperar a que llegáramos al cine. Primero puso su cazadora sobre nuestras piernas y dejó una de sus manos debajo, con la que empezó a sobarme el paquete primero y a masturbarme después que hubo bajado la cremallera del pantalón y sacado mi tiesa verga. Yo ya casi me había acostumbrado a atrevimientos de aquella naturaleza, pero para lo que no estaba preparado era para lo que vino después.


Mi polla había alcanzado su máxima dureza y los líquidos ya empezaban a mojar la chaqueta de Raquel. Cuando bajaron los dos enamorados del vagón, sin que nadie más subiera y nos quedamos solos con la única compañía del anciano al otro lado del vagón. Nada más cerrar las puertas del convoy, Raquel apartó la cazadora, se puso de espaldas hacia el posible espectador e inclinó su cabeza hasta alcanzar con su boca la punta de mi pene. Pasó la lengua, como sabía que me gustaba, a lo largo de la parte interior de mi capullo, haciendo que se estremeciera, enjuagó con sus labios pintados los líquidos depositados en la punta y se la metió en la boca para culminar una mamada sensacional, que no debió pasar del todo desapercibida para el viejo del vagón, a juzgar por la falta de interés que mostraba por su periódico los últimos minutos en que su atención se centró en la escena erótica que Raquel y yo le ofrecimos de forma gratuita, aunque, lamentablemente para él, de espaldas a la platea. Raquel tuvo el tiempo justo para escupir mi leche sobre un pañuelo de papel y yo para guardar mi satisfecho aparato antes de que el convoy se detuviera en la siguiente estación y subieran a nuestro vagón varias personas.


En los momentos en que nos decidíamos a hablar de nuestros sentimientos, de nuestras respectivas vidas en pareja, fue cobrando interés los relatos que Raquel hacía de sus aventuras prematrimoniales y extraconyugales. A parte de Pablo, su marido, y ahora de mí, en su vida habían pasado varios hombres. A la mayoría los conocía yo también porque habíamos salido juntos cuando eran novios o formaban parte del grupo de amigos comunes. De estos, Raquel se limitó a contarme que con su primer novio, Iván, no pasó de meterse mano mutuamente y de hacerle ella a él algunas pajas. Del tercero, Jorge, no recordaba ningún momento específicamente sexual – Raquel me comentó que estaba segura que Jorge era probablemente, aunque él no quisiera reconocerlo, homosexual-. Sin embargo, del hombre con el que tuvo su segunda relación y a quien yo no conocía, un tal Arturo, mi cuñada se recreó en las explicaciones.


Me contó que mi mujer y ella estaban entonces en el instituto y que aún no tenían 17 años. Este Arturo era un profesor sustituto que daba Filosofía. Raquel lo describe como un tipo interesante de unos 40 años. En los escasos dos meses que estuvo impartiéndoles clase, consiguió que un grupo de alumnos se interesaran por la asignatura lo suficiente como para organizar alguna velada más o menos intelectual en el piso alquilado del profesor. Raquel y Aurora, m mujer, estaban entre los integrantes de aquel selecto grupo.


Estábamos en el piso de la amiga de Raquel cuando mi cuñada me relató sus experiencias con este profesor y confieso que me producía una extraña sensación de celos contra aquel tipo al que no conocí y de enorme excitación sexual sólo de imaginarme a mi cuñadita, con su virginal cuerpo adolescente, ser follada por un tío que podría ser su padre.


Según me contó sus escarceos con el profe se limitaron a cuatro ocasiones. La primera fue en una clase. Raquel estaba en una clase vacía, a punto de llorar por el resultado injusto de unas notas, y Arturo, que la vio allí cuando pasó frente a la puerta, entró a consolarla. Y vaya si la consoló. Raquel me relató con una nostalgia indisimulada cómo su profesor pasó de los paternales abrazos de ánimo a acariciarle y olerle los cabello, a besarle suavemente en la nuca y el cuello, a tocarle las pequeñas y duras tetas y los pezones que destacaban en la camiseta ajustada a pesar del sujetador. Raquel me contó que Arturo la cogió en brazos, de forma que a ella se le antojó paternal, y la llevó hasta uno de los escritorios que quedaban fuera del alcance de la puerta de la entrada, él se sentó en una silla y puso a Raquel sentada de lado obre sus piernas, de forma ella sentía con placer su abultado paquete acomodado entre sus nalgas mientras él la besaba con pasión en la boca y continuaba con maestría sus caricias en los excitados pezones. De ahí pasó al relato de las caricias de aquellas manos expertas bajo su falda, en los muslos y finalmente en su conejito. Sin quitarle las bragas, metiendo los dedos por los lados, fue hurgando su virginal rajita hasta que logró arrancarle su primer orgasmo. Raquel me explicaba que no sabía cómo describirme la sensación de seguridad y goce que sentía sobre las piernas de aquel maduro hombre, pero yo, que tengo ahora más o menos la edad de aquel profesor sí que puedo imaginarme lo que debe significar dar consuelo paternal a una jovencita vulnerable. Aquella sesión acabó así, porque sonó el timbre de salida de las clases.


Yo no pude esperar a que me narrara el segundo encuentro con el profesor, me había excitado tanto que le pedí a mi cuñada que se sentara sobre mí como lo había hecho entonces y yo procedí de la forma en que imaginé que se desarrolló la escena, eso sí, con la ventaja de tener a Raquel completamente desnuda sobre mí y con mi pene liberado para explorar su agujerito. Le comí las tetas, la masturbé con los dedos y me corrí sin llegar a penetrarla, sólo con el roce de mi polla entre sus nalgas
 
     

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